Palabras que sobran y final alterado:

 

A través de la puerta, que estaba a medio abrir, se podía oír el ruido del agua saliendo a presión de una canilla. Probablemente se trataba del lavatorio. Después, no hubo nada más que un silencio y una luz que nos dio de lleno en la cara; la puerta finalmente acababa de abrirse del todo. Y ahí estaba ella. Nosotros nos quedamos mirándola, estábamos fascinados. Tenía el deshabillé entreabierto y yo pensé en la tarde de aquel otro verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos con ella a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Era rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa que tenía algo de vagamente infame.

—¿Bueno? —preguntó, mirándonos con indiferencia.

Su voz, inesperada, me sobresaltó, al principio me pareció que era la misma. Había algo, sin embargo, que había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y aquello, en su boca, era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era de gasa, pero muy oscuro, casi traslúcido.

—Voy yo —murmuró Julio, y se adelantó con desenvoltura, resuelto.

Pero alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: porque tenía miedo, o vergüenza tal vez, o a lo mejor asco. Y fue ahí donde se terminó todo. Porque ella nos miraba sin pestañear y yo sabía de antes que, cuando nos mirase, por fuerza iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado totalmente inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya uno a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta que adquirió una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, aquella expresión fue de perplejidad o incomprensión. Después ya no. Después pareció como si hubiera entendido oscuramente algo, y de pronto nos miró con miedo, como desgarrada, interrogante. Entonces dijo si le había pasado algo a su hijo, a Ernesto. Y, al decirlo, se cerró el deshabillé.


(Original: 302 palabras. Versión destrozada: 381).

Explicación del ejercicio