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Desde que nos avisaron
que podíamos leer la entrevista hasta hoy, he creado este texto tomando las
preguntas de Susana Negro y las respuestas de nuestros compañeros premiados.
Las respuestas no tienen desperdicio y merecerían estar entre las perlitas de
nuestro sitio. No pude con mi genio y
marqué dos errores (que Javier, yo, el autor de
tales, me apresuré a corregir y ocultar), pensando en re-publicarlo en
27etras corregido, inspirada en el tema que como a la noria vuelve el Profe en esta entrevista. Ambos tienen su estilo
personal pero en ambos se redescubre ese clima de nula indulgencia, de
coherente severidad con el que empedraron los pasillos de 27etras. Es
reconfortante leerlos. Felicitaciones. Disculpas al resto de los
autores que colaboraron en la entrevista y que amputé de la selección. Myriam Toker "La imaginación es la loca de la casa" - Teresa de Ávila. —Susana Negro: Qué opinan nuestros
entrevistados de esta aseveración. ¿Creen ustedes que en la cocina del
escritor, la imaginación es el condimento imprescindible? —Javier Luque: Al menos en lo que a mí se refiere, más que la imaginación es la
observación. Las historias están ahí, delante o detrás de nosotros, esperando
a ser descubiertas, y si hablamos de cocina, el ingrediente imprescindible es
el trabajo, el cuidado, el cariño, lo artesano que la labor de escribir
conlleva. —Eduardo Jauralde: No me considero un cocinero. La metáfora no acaba de convencerme
aplicada a la escritura. Aquí se utiliza mucho en periodo electoral para
hablar de las manipulaciones de los políticos que aderezan su salsa de
mentiras y promesas. La
imaginación es un elemento aglutinante. Pero no es el elemento
imprescindible: hay otros igualmente importantes. —Susana: Vivimos en un mundo donde el lenguaje casi no importa. Se miente con
descaro, se bastardea el lenguaje y se lo convierte en algo vacío y sin
sentido. Todo vale para justificar los hechos más abominables. Pero los
escritores trabajamos con el lenguaje: es la herramienta fundamental de
entendimiento entre los hombres. ¿Para ustedes, qué lugar ocupa, a la hora de
escribir un relato, la elección del lenguaje? —Javier: El lenguaje lo es todo. En mi caso, sin cariño al español que me une
a otros muchos millones por encima de las diferencias, sin un ansia
insaciable de conocerlo, dominarlo, de buscar la palabra y la forma adecuada
no existe la literatura. Sólo si se domina el instrumento la música fluye
sencilla, fácil y precisa. Eso ocurre con la escritura: la claridad, la
precisión, la sencillez sólo nacen del dominio del lenguaje y de las normas
que rigen su uso; incluso si el objetivo al escribir es contravenir esas
normas o usos. —Eduardo: Escribimos con palabras ¿no? Nada existe fuera de las palabras o sin
ellas. ¿Qué sería de la arquitectura sin volúmenes o de la música sin
sonidos? Para mí, el lenguaje lo es todo. Puedo esperar años con una historia
que contar hasta que surge la primera frase, la que me dará la voz y el tono.
Viene ella sola o pasa y la cazo al vuelo. El lenguaje me sirve para montar
mis mentiras, darles apariencia de verdades. —Susana: Es corriente y sabido que los escritores despiertan cierta
curiosidad, de modo que, vamos a pedirles que nos cuenten de sus méritos y
deméritos, algo corriente que hagan todos los días y, luego, algo particular;
ese algo particular que los hace ganadores de certámenes. —Javier: Mi vida diaria está más
cercana a los números que a las letras y muy alejada de eso que, con
pedantería, se puede llamar cultura. En
cuanto a lo segundo, la única particularidad que me ha llevado a ganar algún
concurso es la suerte y cierta perseverancia. El resto, la obra en sí, es
producto del trabajo, de horas de corregir, de las ganas de aprender y de
tragarme el orgullo y escuchar otras opiniones. Con
todo, cualquiera que escriba y quiera participar en este juego tiene que
tener en cuenta que ningún premio hará su obra mejor, pero que hay algunos
que le harían a él mucho más rico, esos que jamás le darán… o quizá sí. —Eduardo: No debo tomarme
demasiado en serio. No me gusta mirarme el ombligo. Si tuviera muchos méritos
estaría en los escaparates de las librerías. Los
jurados no suelen explicarnos por qué premian nuestros cuentos. Una vez uno
de ellos me habló de “creatividad en la utilización del lenguaje”. Alguien
me reprochó una vez que yo escribía para conmover. Contesté que no era
exactamente eso que yo escribía cuando estaba conmovido. Quiroga decía que no
había que hacer eso. Que era mejor esperar que pasara la emoción del momento. —Susana: ¿Cómo y cuándo descubrieron la vocación o el deseo de escribir? —Javier: Todos lo escritores suelen decir que el deseo de escribir les
acompañó siempre e imagino que, en cierta manera, es verdad. En mi caso,
pasada esa época de ripios y artificios florales de la adolescencia, me
reencontré con la escritura ya mayor, a los treinta años; y que aquel juego
se convirtiera en mi primer premio literario no es ajeno a que no lo haya
abandonado del todo en los siguientes veinte años. —Eduardo: De pequeño viajaba en tren con mis padres: en la ventanilla había una
placa metálica donde estaba escrito: prohibido arrojar objetos a la vía bajo
las responsabilidades a que hubiere lugar. Me fascinó esa frase. Pensé que el
hombre que escribía frases así era un genio. Ahora
lloro la pérdida del futuro de subjuntivo y me asombra y entristece que
algunos escritores o aprendices de escritores destruyan la herramienta con la
que trabajan y borren los matices y las sutilezas que es
como empobrecer la realidad misma. Ya no saben si oyen o si escuchan, si
miran o si ven si son o si están y tantas cosas más... El
primer cuento lo escribí a la vuelta de un viaje por Perú, allá por los años
setenta. Debo mucho a Ciro Alegría y a José María Arguedas. —Susana: Dice Cortazar: “Un
escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se
entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por
puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out.”
¿Qué hizo que a la hora de tomar pluma y papel ustedes se decidieran por el
género cuento? ¿Y cuál es el secreto para que sus cuentos produzcan ese efecto
de knock-out al que alude Cortazar? —Javier: No diré que a la hora de escribir he tomado partido por el cuento en
detrimento de la novela, ya que combino ambos géneros con desigual
dedicación. Creo que, en buena parte, los talleres literarios tienen mucha
culpa de la gran cantidad de cuentos que se escriben y, quizá, de que la
calidad de estos sea aceptable. También estos mismos talleres han colaborado
a difundir mucho cliché que a fuerza de circular se pretende como verdad
absoluta. Frases u opiniones más o menos afortunadas han convertido en gurús
a algunos de los mejores ejemplos que ha dado la literatura de escritores que
huyeron toda su vida de los gurús. Cortazar es un buen ejemplo. Es
verdad que en apariencia un cuento permite pocos errores, que exige
precisión, ir al grano, por así decir, pues su dimensión no es acta para la
divagación; pero eso no significa siempre lo que parece. Muchos cuentos
tienen su verdadera historia fuera del discurso más o menos banal que narran
y es el lector el que la encuentra, o el que la intuye y la crea él mismo,
quizá durante días o meses después de haber leído, y puede que releído, el
relato. Son cuentos en los que apenas pasa nada, incluso sin aparente final. Pero
también es cierto que esa misma técnica narrativa, a
veces muy cercana al uso de los silencios y juegos de cámara
cinematográficos, es utilizada por algunos escritores para la novela con
grandes resultados. De
lo que no tengo duda es de que me resulta imposible
atribuirme una técnica, un secreto, una receta mágica a la que atribuir el
efecto más o menos afortunado de lo que escribo. —Eduardo: Soy un hombre pacífico y
sedentario En general no trato de escribir cuentos contundentes, no quiero
dar sorpresas ni crear tensiones, aún menos noquear al paciente lector que me
regala su tiempo. Empiezo sin saber cómo voy a terminar. El final suele venir
por sí sólo. Si no viene, el cuento se malogra y termina en la papelera. —Susana: ¿Quiénes son sus autores
preferidos y de qué modo han influido en sus estilos de escritura? —Javier: Soy un lector muy
ecléctico que, ante todo, leo para distraerme, para evadirme. Eso quiere
decir que por mis manos pasan autores tan dispares como Carlos Ruiz Zafón, Stieg Larsson, Enrique Vila-Matas, Laura Esquivel, José
Ovejero, Luis Mateo Díaz, Arnaldur Indridason, Carmen Posadas, Antonio Tabucchi, Manuel
Vázquez Montalbán, Wilhelm Genazino, Hareki Murakami, Donna Leon, Manuel Puig… En fin, para mí leer es un estado de
ánimo y existe una literatura, género o autor para cada uno de ellos. No
sabría decir cómo han influido o influyen estos autores nombrados y los
injustamente omitidos en mi escritura, supongo que no saberlo no hace que no
lo hagan. —Eduardo: Los clásicos siempre:
Cervantes y Quevedo; Galdós y Clarín; Rulfo y
Asturias. Una vez leí la traducción al francés de un cuento del admirado
Julio Ramón Ribeyro ¡qué desastre! Decidí nunca más
leer traducciones traidoras. —Susana: ¿Qué libro/s podemos encontrar
siempre sobre sus mesitas de noche? —Javier: Que un libro dure mucho
sobre mi mesita de noche no es buena señal pues quiere decir que, por alguna causa,
he abandonado su lectura y el libro espera allí una nueva oportunidad que a
veces nunca llega. Son
pocos los libros que releo, sólo algún poema suelto, que cada vez
busco menos en los libros y más en la red (soy poco o nada aficionado a la
poesía) y pasajes concretos de libros a los que me siento unido por los
sentimientos. Últimamente, Marca de agua de Joseph Brodsky
me ronda, porque me ronda la añoranza de Venecia. —Eduardo: Nunca leo de noche, en
la cama. Si tuviera un libro en la mesilla de noche, creo que serían las
poesías de Miguel Hernández. —Susana: Se dice que los artistas, en general, son amigos de los ritos, de
ciertos hábitos como elegir un rincón, un horario, elementos varios: lápiz,
birome, PC… manías, dirán algunos. ¿De estas “manías” qué les convoca y
condiciona a la hora de sentarse a escribir? —Javier: Carezco de manías a la
hora de escribir, tal vez es que se me agotan en el resto de menesteres de mi
vida. —Eduardo: Sin ordenador no puedo
escribir. En mi PC y en mi despacho y en mi sillón y con la ventana y la
puerta abiertas para escuchar el ruido de la casa y de la calle. Si empiezo
ya no puedo pensar en otra cosa, hasta terminar. Pero hasta que una frase no
me queda a mi gusto, no puedo empezar la siguiente. —Susana: No compartimos la idea de que
proceso creativo sea algo que provenga de las “musas”, los “genios”, el
“toque mágico”, por el contrario, entendemos que requiere esfuerzo y un
trabajo artesanal muy dedicado y cuidadoso; bien que no desdeñamos esa dosis
de fantasía que favorece al acto de crear. ¿Qué los motiva en esos instantes? —Javier: Esa misma añoranza
veneciana de la que he hablado antes y la constante certeza de que eso que
llamamos vivir y a lo que dedicamos tiempo y esfuerzo es una desastrosa forma
de malgastar la vida parecen una constante que gravita sobre lo que escribo
en estos momentos. Ambas
cosas deben de significar que me hago viejo. —Eduardo: Es verdad que uno ha de
ser muy exigente consigo mismo, pero he de reconocer que hay situaciones que
se resuelven por sí mismas, personajes que actúan de modo independiente,
frases enteras que se forman como por arte de magia, palabras que se
esconden... cuando no escribo no soy feliz. —Susana: Hay autores que se nutren de experiencias personales –propias y/o ajenas– a la hora de armar una trama o de crear
personajes, y agregamos: qué si no la experiencia puede darnos la materia
prima de todo relato… pero esta pregunta apunta a si toman ustedes lo
testimonial en un estado puro, bien como punto central del argumento, bien
para la caracterizació —Javier: Bueno, esta última
pregunta cierra el círculo y, al menos en mi caso, está contestada en la
primera de ellas: soy un observador. Soy incapaz de crear nada que no tenga
su anclaje en la realidad. Pero, no nos engañemos, no hay mentira más grande
que una verdad a medias, así que esa verdad manipulada, mezclada, alterada,
convertida en literatura deglute cualquier posible realidad que, por otro
lado, nunca funcionaría como ficción: la realidad es otra cosa, a menudo,
inverosímil. —Eduardo: No me gusta oponer
ficción y realidad. Son dos caras del mismo espejo. Nosotros, bueno, yo salgo
de la realidad y vuelvo a ella pasando por la ficción. El punto de llegada es
siempre diferente al punto de partida. O debería ser diferente: escribir es
explorar para ver lo que la realidad nos oculta o, si se quiere, crear una
realidad diferente pero no por ello menos real, menos verdadera. Tengo
tres temas obsesivos: los emigrantes (yo soy uno), el mundo de la infancia,
la vejez. |