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La editorial
Anagrama publicó en su colección «Narrativas hispánicas» El último lector, de Ricardo Piglia. La primera edición española data de
abril de 2005 y la primera impresa en Argentina tuvo lugar un mes
después.
Piglia, considerado
como uno de los grandes escritores argentinos de nuestro tiempo, es
además crítico literario y docente universitario.
¿Es El último lector una novela? Me atrevería a decir que no, pero se
lee con la misma rapidez y tensión que caracterizan a las lecturas del
género. Sin embargo hay que releer y marcar conceptos sobre lo que es
leer y lo que es escribir porque son evidentes profundas indagaciones
que se alternan, contraponen o complementan. En ese sentido, El último lector es una literatura ensayística que se torna en
ocasiones crítica literaria. Los ejemplos de autores que leen, de
personajes ficcionales que a su vez leen novelas, hacen que este libro
sea una meditación sobre el acto de leer y que esté en las fronteras de
las clasificaciones genéricas.
La figura del
lector es múltiple y metafórica y el autor no intenta ser exhaustivo ni
reconstruir todas las escenas posibles de lectura. Recorrido arbitrario
del propio Piglia, pero en el que identificamos nuestros personales
itinerarios a través de los libros.
En el Prólogo, en forma novelada que recuerda al Borges del Aleph o a sí mismo en La ciudad ausente, Piglia establece algunos indicios de por donde se
hará la travesía: ficción y realidad se instalan ya desde el comienzo.
¿Qué es un
lector?, se pregunta en el capítulo 1. La primera imagen
que surge del mismo podría ser la del que se ha pasado la vida leyendo
y gastado por ello sus ojos: Borges, Mármol, Groussac, Kafka. La
lectura es por una parte —define— el arte de la microscopía, de la
perspectiva y del espacio. Pero también es un asunto de óptica, de luz,
una dimensión de la física.
«El lector adicto,
el que no puede dejar de leer y el lector insomne, el que siempre está
despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un
texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector
en la literatura» (Piglia, 2005: 21) Para ellos la lectura es una forma
de vida.
El planteo de
Piglia apunta a interrogarse no tanto por el «qué es leer» sino por
«quién es el que lee»: dónde está leyendo, en qué contexto, con qué fin
y cuál es su historia. Esta pregunta es el interrogante de la
literatura, la que la constituye como condición de existencia. Y su
respuesta es un relato, (aquí Piglia define su texto) inquietante,
singular y nunca igual.
En la vacilación de
lo fantástico se instala la versión contemporánea de la pregunta «qué
es un lector»: no el lector que lee libros sino el lector perdido en
una red de signos. Donde todo está escrito, dice Borges, en esa
biblioteca, sólo se puede releer o relacionar series impuestas. «Quizá
la mayor enseñanza de Borges sea la certeza de que la ficción no
depende sólo de quien la construye sino también de quién la lee. La
ficción es también una posición del intérprete». (Piglia, 2.005:28) La
ficción como una teoría de la lectura.
Pero además, de ese
lector importa no sólo qué lee, sino con quién se enfrenta y dialoga
negociando la construcción del sentido. El que mira leer al que lee, el
otro, se pregunta también qué es un lector y esa pregunta es siempre
política: la tensión entre civilización y barbarie se ha encarnado de
ese modo como si allí se jugaran la política y las relaciones de poder.
Existe además la lectura como venganza, una lectura malvada y
rencorosa. Se podría —afirma Piglia— pensar en la crítica literaria
como un ejercicio de ese tipo de lectura criminal. Se puede leer un
libro contra otro lector, una lectura enemiga.
El capítulo 2 lleva
por título Un relato sobre Kafka y analiza el interminable fluir de la
correspondencia entre ese autor y Felice Bauer como ejemplo
extraordinario de la pasión por la lectura del otro y la seducción por
la letra. Kafka convierte a Felice Bauer en la lectora atada a los
textos, que cambia de vida a partir de lo que lee: aprendizaje e
iniciación.
La figura de la
lectora, la mujer que espera, que vive su vida para leer y copiar los
manuscritos del hombre que escribe es la clave de la historia. El
propio Kafka tiene un modo de leer la literatura: primero concentra la
historia en un punto, después invierte la motivación y establece nuevas
correlaciones. A partir de allí escribe, narra su versión de la
historia leída. Una gran red es condensada al máximo en una imagen que
establece relaciones nuevas.
Lectores imaginarios
titula Piglia al
capítulo 3. Sostiene al comienzo que una de las mayores
representaciones modernas de la figura del lector es la del detective
privado que descifra signos escritos en un papel. Poe, el iniciador del
género en 1841, crea al detective Dupin que es el que sabe leer lo que
es necesario interpretar. Lo ilegible, lo que se esconde entre la
multitud está asociado con el crimen. La clave del género es la
creación de una figura literaria nueva que se va transformando. Dupin,
el detective privado, gran lector, el hombre culto que entra en el
mundo del delito. Es el antecedente de la figura clásica del
intelectual; en muchos sentidos el detective permite plantear un debate
sobre el letrado y está ligado a la clásica discusión entre autonomía y
compromiso. El detective plantea la tensión y pasaje entre hombre de
letras y hombre de acción.
Ernesto
Guevara: rastros de lectura. Mucho se ha escrito sobre el Che, pero la visión
de Piglia en el capítulo 4 nos lo acerca en la tensión entre lectura y
experiencia. Guevara, que ha leído a Jack London y a Cervantes, es el
que cree que la vida se completa con un sentido que se toma de lo que
se ha leído en la ficción. Es el hombre de acción por excelencia, pero
la relación que mantiene con la lectura lo acompaña durante toda su
existencia. La lectura es un refugio, una adicción, una persistencia
del pasado.
La característica
de una guerrilla es la movilidad constante, la marcha que supone
liviandad y rapidez. Pero Guevara mantiene siempre el peso de los
libros sobre sus espaldas; en las pausas del camino, lee. El inhalador
para respirar –recordemos su asma- y los libros para leer.
«Desde luego, como
Guevara lee, también escribe(...) Escribe sobre sí mismo y sobre lo que
lee, es decir, escribe un diario. Un tipo de escritura muy definida,
privada, el registro personal de la experiencia. Empieza con un diario
de lecturas y sigue con el diario que fija la experiencia misma, que
permite leer luego su propia vida como la de otro y rescribirla. Si se
detiene para leer, también se detiene para escribir al final de la
jornada, a la noche, cansado» (Piglia, 2005:29)
Piglia marca hitos
en el camino-viaje del Che, viaje que incluye diversas metamorfosis y
concluye con la escena que funciona como una alegoría. La noche previa
a su muerte, el Che está en la escuelita de la Higuera, en Bolivia. La
maestra del lugar, caritativa, le lleva un plato de guiso. Él, herido
en el suelo, señala el pizarrón escrito y pedagógicamente le dice a la
maestra: «Le falta el acento». La frase escrita en la pizarra es «Yo sé
leer». «Que sea ésa la frase, que al final de su vida lo
último que registre sea una frase que tiene que ver con la lectura, es
como un oráculo, una cristalización casi perfecta» (Piglia,
2005:137-138)
En una novela,
alguien lee una novela. Esto es, en esencia, el capítulo 5 en el cual
Piglia ejemplifica estas situaciones literarias con Anna Karenina, el Cortázar de Continuidad de los parques, Robinson Crusoe y otros. «La historia de la lectura es también la
historia de la iluminación» (Piglia, 2005:146). La luz de la linterna,
la lámpara pequeña funcionan como metáfora de la luz del lector y de su
aislamiento en la oscuridad. Un concepto clave de estos ejemplos
literarios es que el contraste entre ficción y realidad se invierte. La
verdad está en la lectura de la ficción; los libros prohibidos dicen
cómo es lo real. Piglia cita a Orwell, Huxley y Bradbury que han
narrado mundos futuros en los que el acto de leer está prohibido y
donde se considera a la lectura como una práctica subversiva. Sin
embargo, en esos relatos de lectura controlada siempre hay alguien, un
último lector o una asociación secreta de lectores.
El último capítulo,
Cómo está
hecho el Ulises, es, según atestigua Piglia, un homenaje al
escritor y crítico ruso Víctor Sklowski. Los lectores rusos plantean
los problemas de la construcción del texto más que el de la
interpretación. La distinción remite a una diferencia en el uso de la
literatura: se trata de dos modos de apropiación de los textos, dos
maneras de hablar de la literatura.
La noción joyceana
de work in
progress, de dispositivo que nunca está fijo, es básica
para comprender que se trata de una lectura técnica que tiende a
desarmar los libros, a ver los rastros de su hechura. Se interroga
además sobre la utilidad y el valor de los textos. Cómo está hecho un
libro y cuánto cuesta son las preguntas fundantes que marcan la tensión
siempre presente entre el uso y el valor.
Joyce, que es el
escritor al que refiere Piglia, utiliza la Odisea como un proceso de
unificación de la trama, como un argumento secreto que hace que la
narración avance. Joyce, según el autor que reseñamos, inventó la
figura del lector final «el que se pierde en los múltiples ríos del
lenguaje» (Piglia, 2005:188).
Con ciento
noventa páginas en la impecable edición de Anagrama, El
último lector es un libro para lectores. Para lectores y
estudiosos reflexivos sobre la pasión, el arte, el ocio de leer. Es
también un acercamiento al trabajo personal del propio autor, quien ha
escrito: «Mi propia vida de lector está presente y por eso este libro
es, acaso, el más personal y el más íntimo de todos los que he
escrito». (Piglia, 2005:190)
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