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Nuestras Lecturas

Otros tesoros

o      Beloved, Toni Morrison (por Elena Alonso Frayle)

o      El sueño de la historia, Jorge Edwards (por Elena Alonso Frayle)

o      Fabulosas narraciones por historias,  Antonio Orejudo (por Elena Alonso Frayle)

o      El abrecartas,  Vicente Molina Foix (por Elena Alonso Frayle)

o      Suite francesa,  Irène Némirovsky (por Elena Alonso Frayle)

o      Posesión, A.S. Byatt (por Elena Alonso Frayle)

o      La casa de papel, Carlos María Domínguez (por Javier Luque)

o      La voz dormida, Dulce Chacón (por Eduardo Jauralde)

o      Seda, Alessandro Baricco (por José R. Mejuto)

o      El placer del viajero, Ian Mcewan (por Javier Luque)

o      El Palmarés de 27etras

o      Los diez libros que cambiaron mi vida

o      Las perlas de nuestros escribanos o no siempre la literatura es cuento

 

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Cofre de las lecturas y los pequeños tesoros

 

 

 

Al principio

 

 

 

 

La propia Toni Morrison explicaba en una entrevista el origen de Beloved (Barcelona, De Bolsillo, 2004): "Hacia 1971, leí un periódico de mediados del siglo XIX publicado en Ohio que contaba la experiencia de una esclava que había conseguido escapar de sus amos. Viajó de Kentucky a Ohio y, cuando iba a ser detenida, quiso matar a sus tres hijos, aunque sólo lo consiguiera con uno de ellos". La autora quiso indagar el misterio de ese gesto desesperado y compuso una obra cuyo tema central es la experiencia de la negritud y cuyo objetivo es el de “rememorar”, es decir, volver a traer a la memoria el doloroso pasado de esclavitud del pueblo afroamericano.

Sethe, la protagonista, es esa mujer que da muerte a su hija de dos años, Beloved, para librarla de un futuro como esclava. Este hecho es el núcleo dramático en torno al cual gira toda la novela. La memoria selectiva de Sethe intenta arrinconar ese episodio, del mismo modo que la memoria histórica afroamericana acalla ese capítulo traumático de su historia. El espíritu de Beloved, sin embargo, no se conforma con ese olvido y habita el hogar de Sethe. La naturalidad con la que los personajes de Toni Morrison aceptan las manifestaciones del más allá impregna la obra del llamado realismo mágico, pero ha de ponerse en relación, de hecho, con el conjunto de creencias afroamericanas, según las cuales, la realidad está formada por distintas presencias, algunas de las cuales sirven para vincular al individuo con su pasado.

En la segunda parte de la novela, Beloved regresa al mundo de los vivos para juzgar a Sethe por su proceso de olvido. Con ello se convierte en un personaje alegórico, que encarna esos espacios de la memoria histórica donde no hay nombres, sino “beloved ones”, millones de afroamericanos de nombre olvidado que sufrieron la esclavitud. Beloved es la alegoría de un pasado, del pasado de todo un pueblo cuya historia Toni Morrison pretende hacernos recordar, cuya soledad intenta transmitirnos. Con su presencia material, Beloved se convierte en catalizador del recuerdo en Sethe, precipita una catarata de revelaciones que obligan a Sethe a sumergirse en su propio pasado, que de esta manera se vuelve presente. Toni Morrison se vale de la yuxtaposición de episodios en diferentes momentos temporales para reforzar la idea de que el pasado está vivo. Con frecuencia recurre a la técnica del “stream of consciousness”, el flujo libre del pensamiento, que, en el caso de Beloved, se convierte en caudal de la memoria histórica cuando —con lo que la autora llama un “lenguaje traumatizado”— relata sus experiencias a bordo del barco esclavista que la trajo a América, a pesar de que, según la cronología de la novela, Beloved nunca vivió ese período histórico. Se revela así la confluencia de las dos dimensiones, ficticia y alegórica, del personaje de Beloved y se incide en la idea de que no existe diferencia entre el pasado y el presente, entre los vivos y los muertos.

La novela finaliza con un desenlace en que Beloved se difumina. Regresa a su condición de espíritu silencioso, con el que los personajes se acostumbrarán a convivir, del mismo modo que el pueblo afroamericano aprende a ignorar los episodios dolorosos de su historia. Sin embargo, para nosotros, lectores, permanece imborrable el relato que de todos esos episodios nos proporciona la autora, quien no en vano declaraba que la literatura es un gran esfuerzo para hacer que el pasado sea coherente para su uso contemporáneo y actual: «Tenemos que estar constantemente mirando atrás, examinando lo sucedido», afirma Toni Morrison, cuya trayectoria literaria se nutre en buena parte de la búsqueda de las raíces de su pueblo, el afroamericano, y cuya temática gira con frecuencia en torno a las situaciones de explotación, marginación, pobreza o discriminación racial. La preocupación por el ritmo, el sonido y la musicalidad del lenguaje (que se percibe incluso cuando se lee una traducción de su novela) es otro de los rasgos característicos de esta autora, que, como es sabido, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1993.

Beloved fue galardonada con el Premio Pulitzer en 1988 y en el año 2005 se estrenó en Detroit la ópera de Richard Danielpour, Margaret Garner, basada en esta novela, cuyo libreto firmó la misma Toni Morrison.

 

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Beloved,  Toni Morrison

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En el discurso que pronunció Jorge Edwards al recibir el Premio Cervantes en 1999 decía: "Hice muchas cosas, pero siempre la tarea principal, de noche, de madrugada, en espacios de tiempo robado, al margen de documentos oficiales, fue la de escribir ficciones, o la de introducir en la multiplicidad de los sucesos, en el enigma del pasado, en los recovecos de la memoria, una coherencia, una estructura narrativa que siempre, en definitiva, era imaginaci6n, arte de la palabra." Ese “enigma del pasado” al que se refería Edwards en su discurso es el que planea sobre toda la novela que nos ocupa. Desentrañarlo, supuestamente, proporcionará las claves para entender la historia y las huellas que ésta deja en la conciencia de los pueblos.

El sueño de la historia (Barcelona, Tusquets Editores, 2000) se desarrolla en dos planos, dos épocas diferenciadas entre las que el autor construye un entramado de espejos, que funcionan como vasos comunicantes del tiempo. El protagonista, Ignacio o el Narrador, regresa a Chile en los últimos años de la dictadura, tras un largo exilio. Rodeado de una sociedad en la que conviven “lo peor de la izquierda, con su sectarismo, su lloriqueo, sus ojos iluminados, su vocación de martirio, y lo peor de la derecha, con su crueldad, su insensibilidad, su ceguera, su integrismo”, permanece ajeno a los acontecimientos y se refugia en el estudio de los documentos que narran la relación atípica y perversa que mantienen en el Santiago de finales del siglo XVIII el arquitecto italiano Joaquín Toesca, encargado de la construcción de la Casa de la Moneda, y su descocada esposa Manuela Fernández, que saltaba tapias y escapaba de los conventos donde su celoso marido la mantenía encerrada para reunirse con sus “amasios”, sus amantes.

Los paralelismos que Edwards establece entre ambas narraciones y sus protagonistas son explícitos. Así, los dos momentos históricos elegidos acontecen en el final de una época, el de la Colonia y el de la dictadura, respectivamente. La Casa de la Moneda, cuyos primeros cimientos levanta el arquitecto Toesca, constituye precisamente el dramático escenario donde se alza el telón, casi dos siglos más tarde, de la dictadura de Pinochet. Tanto el italiano del pasado como el exiliado que regresa en el presente se mueven en Santiago como en una ciudad extraña. A ambos les gana una sensación de ajenidad que los convierte en silenciosos testigos de los acontecimientos, a ambos les domina la indecisión, la falta de voluntad, lo cual les provoca una persistente mala conciencia, alegoría quizá del estado de ánimo de la sociedad chilena durante la dictadura, que, a pesar de desaprobar el régimen, con su pasividad lo aceptaba tácitamente. El paralelismo se deja ver igualmente en la indefensión que sufren personajes secundarios —Manuela en el pasado, el hijo de Ignacio en el presente— bajo la arbitrariedad de la autoridad, que en ambas épocas se sirve de la represión para eliminar las conductas consideradas perjudiciales, subversivas o meramente sospechosas.

La novela intercala ambas narraciones sin un patrón definido; se rompe así la linealidad del texto, y esa superposición de planos colabora a instalar en el lector la idea última sobre la que el texto invita a reflexionar: cuál ha de ser el papel de la historia. ¿Cometen las sociedades, una y otra vez, los mismos errores, acaso movidas por las mismas pasiones? ¿Puede la historia, al rememorar el pasado, contribuir a evitar el fracaso de los tiempos futuros?

 

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El sueño de la historia,  Jorge Edwards

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Tres jóvenes ingresan, a comienzos de los años veinte, en la mítica Residencia de Estudiantes de la calle Pinar: Patric, sobrino de Pereda, cuya gran ambición es escribir una novela de corte realista; Martiniano, inflamado por el odio a los intelectuales tras los malos tratos recibidos de su tío, el egregio Azorín; y Santos, obsesionado por acostarse con una mujer madura. A los tres les une la falta de adhesión a los ideales en boga en aquel tiempo y lugar, y pronto se hacen amigos; con sus gamberradas, actos de vandalismo, sabotaje y enfrentamiento permanente con el espíritu de la Residencia ponen en peligro, sin siquiera ser conscientes de ello, lo que después daría lugar a toda una Generación, la del 27, que en la novela es presentada, en clave de humor, como una conspiración auspiciada por un matón a cuyas órdenes trabajan unos irreconocibles Ortega y Gasset o Juan Ramón Jiménez.

El autor se mueve constantemente en ese territorio ambiguo en el no está clara la frontera entre la realidad y la ficción; una realidad, en cualquier caso, distorsionada y una ficción disparatada. Y el lector, al interpretar lo que lee, debe en todo momento recordar el llamativo título de la obra, cuyo sentido se nos aclara en la cita de Pedro de Rúa con que se abre la novela: Hubo también otro género de escritores que aunque publicaron sus obras con título de Historias, pero puédense llamar Fabulosas narraciones más que historias; y ellos, fabuladores o poetas, no historiadores, porque entienden en complacer a los oídos con graciosas maneras de decir y con nuevos o inopinados casos más que con verdaderos hechos. A partir de aquí contamos con todas las armas para zambullirnos en el delicioso juego de cajas chinas con que el autor construye la novela, cuyo último componente se nos desvela al final. Antonio Orejudo se disfraza de genial fabulador y nos cuenta una versión iconoclasta, llena de ironía e humor, de aquellos años. En lugar de ensalzar directamente todo lo que tuvo síntomas de vida en el siglo de la barbarie, el autor juega a deconstruir la realidad: desmitifica, da la vuelta a la historia, la despoja de su leyenda y nos obliga, de esta forma, a devolverle su genuino valor.  Nos pasamos toda la vida tomando las narraciones fabulosas por historias y cuando por fin conseguimos entrever la historia verdadera, ésta nos suena tan fantasiosa que no nos la creemos, afirma uno de los personajes, poniéndonos con ello sobre la pista de los distintos niveles de lectura que ofrece la novela. La narración fabulosa, el retrato irreverente y desprejuiciado de los años veinte en España, finaliza con un espeluznante anticipo de lo que habría que venir a continuación: no en vano en la novela la creatividad perece devorada literalmentepor la mediocridad.

Diez años después de que Antonio Orejudo publicara Fabulosas narraciones por historias, y ganara con ella el XX Premio Tigre Juan de novela, la editorial Tusquets decide reeditarla en el año 2007, dando prueba con ello de la longevidad de esta obra, a la que no le afecta el paso del tiempo.

Elena Alonso Frayle, Senta

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Fabulosas narraciones por historias,  Antonio Orejudo

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«Nunca inventamos más que lo verdadero», dice la cita de Balzac con la que se abre la novela de Vicente Molina Foix; del mismo modo, El abrecartas recrea setenta años de la historia de España mediante la presentación de cartas enviadas por una galería de personajes, cuya lectura permitirá al lector, el genuino y último “abrecartas” de esta historia, componer, a partir de episodios más o menos ficticios, el entramado de realidad que subyace a la ficción.

La novela no posee una voz narrativa propiamente dicha, sino que presenta multitud de voces, de personajes, en permanente cruce novelesco, a los que nos es dado contemplar desde diferentes perspectivas. Tampoco existe una trama al uso tradicional, sino varios hilos narrativos que aparecen y se interrumpen, para reaparecer, tras un salto temporal, bajo la luz que arroja un nuevo relato epistolar, una nueva proyección de la misma realidad, pero bajo la mirada de otro personaje, lo que ayudará al lector a colmar huecos en esa tarea de reconstrucción de la historia.

El lector atento reconocerá un esquema en la presentación de los personajes, pues es constante en todos ellos la presencia de alguna rama del arte como motor de sus destinos: el teatro, la poesía (lo que proporciona al autor la posibilidad de introducir extensamente versos de los poetas del 27 en la correspondencia de los personajes), el cine (tras lo cual se asoma la cinefilia del propio Molina Foix, que llega a aparecer citado en la novela) o la pintura (que posibilita uno de los momentos culminantes de la novela: ese diálogo que mantiene con Velázquez uno de los protagonistas).

Al transcurrir los años, y sucederse los personajes, asistimos al relevo generacional, que el autor retrata con un admirable cambio de registro léxico en las voces que, desde las cartas, se hablan. En ocasiones, un motivo narrativo será lo que sirva de instrumento para poner de relieve dicho cambio: el mismo globo terráqueo se usará como escondite para joyas familiares durante la guerra, para documentos clandestinos durante la dictadura. De igual modo, las nietas de las mujeres que abordaban la natalidad con pulcritud católica acuden, en los sesenta, a clínicas de Londres para abortar; a las oleadas de emigrantes pobretones y analfabetos que, desde la España de los sesenta, acudían a Suiza les sustituyen, en los años noventa, cosmopolitas estudiantes del programa Erasmus.

La forma –el intercambio epistolar- de que se vale la novela para contar su historia condiciona en ocasiones el contenido, por cuanto que, para procurarnos retazos de información necesaria, el autor se ve obligado a incrustar en sus cartas alusiones al pasado que resultan poco naturales en el intercambio espontáneo de dos personas que, en la vida real, darían cosas por sabidas, sin necesidad de repetirlas para los oídos del lector. Esa falta de credibilidad que aflora puntualmente se ve sin embargo compensada con el llamativo uso de recursos tipográficos: palabras tachadas por la censura franquista, anotaciones manuscritas al margen, tipos propios de máquina de escribir antigua etc.

Los personajes que desfilan por el libro componen un mosaico en el que la vida se manifiesta en todas sus circunstancias: en el dolor, en el abandono, en la persecución, en el reconocimiento y el triunfo. Y es en esa vocación de globalidad, de exposición de la universalidad a partir de los destinos particulares de un puñado de personajes, donde radica el mayor valor de esta novela, galardonada con el Premio Salambó 2006 y el Premio Nacional de Narrativa  2007.

El abrecartas, Vicente Molina Foix. Barcelona, Editorial Anagrama, 2006

 

Elena Alonso Frayle, Senta

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El abrecartas,  Vicente Molina Foix

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Irène Némirovsky es una autora de origen ucraniano que, tras la Revolución Rusa, emigró a Francia, donde durante más de veinte años llevó una vida consagrada a la escritura. Hasta que los nazis terminaron con ella. En julio de 1942, dada su condición de judía, fue arrestada sin más explicaciones en su domicilio. A los pocos días lograba hacer llegar a su marido una carta escrita a lápiz, donde apresuradamente le decía que le amaba y le rogaba que cuidara de sus pequeñas hijas.  Creo que nos vamos hoy, escribía, pero nadie supo adónde. Probablemente ella tampoco sabía que se dirigían a Auschwitz, donde sería asesinada el 17 de agosto. Su marido corrió la misma suerte pocos meses después. Sus hijas, gracias a la ayuda infatigable de su institutriz, lograron esconderse y escapar de los nazis. Con ellas viajaba una maleta que contenía el último manuscrito de su madre; sin que el prólogo del libro explique satisfactoriamente por qué, ese manuscrito tardó varias décadas en ser publicado, bajo el título de Suite francesa.

Por las notas que dejó ella misma, hoy sabemos que Irène Némirovsky concibió Suite francesa en cinco partes, de las que solo llegó a tiempo de escribir dos. En la primera se nos muestra la huida precipitada de París de miles de familias, aterrorizadas por los ecos de las bombas alemanas a las puertas de la ciudad. Volvemos a encontrar a algunos de los personajes de esta primera parte en el segundo movimiento de la suite, con Francia ya ocupada por los nazis. La autora retrata una sociedad humillada por la conquista, en la que afloran la hipocresía, la cobardía y el egoísmo. Impresiona pensar que I. Némirovsky iba componiendo la novela al compás de los acontecimientos; sabía que la guerra no sería eterna, pero ignoraba cuál sería el desenlace de esa incertidumbre que asolaba a la sociedad francesa. Del mismo modo, nosotros ignoraremos siempre cuál es el final de esta novela, que quedó trágicamente inconclusa. Los editores trataron de suplir tal carencia incluyendo un apéndice que recoge las notas y las cartas escritas por Irène Némirovsky en los últimos meses de su vida, así como las cartas desesperadas de su marido tras la detención de su esposa, llamando a todas las puertas, humillándose ante cualquier autoridad competente con el fin de recabar algo de información sobre su paradero.

Al terminar de leer las dos partes de la novela, uno no puede evitar cierto alivio al constatar que no todo quedó tal como lo dejó Irène Némirovsky, que lo que para ella aún era humillación y derrota se convirtió en un agitar triunfal de banderines tricolores un hermoso día de agosto en que por fin todas las mujeres vestían de azul. Por el contrario, el apéndice con la correspondencia angustiada de Michel Epstein, el marido de la autora, se interrumpe con un silencio cuyo desenlace conocemos. Y para sacudirnos la congoja ni siquiera nos salva el recurso, al cerrar el libro, de pensar que, al fin y al cabo,  es todo ficción.

Elena, Senta

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Suite francesa,  Irène Némirovsky

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Durante muchos años cometí el error de pasar de largo ante esta novela, Posesión, de A.S.Byatt. Las razones: una publicidad que demasiado machaconamente se empeñaba en recordarme su condición de ganadora del Premio Booker (1990) y un título que irremediablemente me llevaba a mujeres endemoniadas o a psicópatas enajenados por la obsesión sexual.

Ni lo uno ni lo otro, al menos no de una forma tan burda. A.S Byatt es una escritora mucho más sutil y hace que ambos temas, la pasión obsesionante y el mundo de los muertos, aparezcan, pero puestos al servicio de un argumento que engancha y de una manera de contar en la que reside gran parte del valor de esta novela, por su originalidad.

Dos jóvenes investigadores literarios emprenden la búsqueda de documentos inéditos sobre la relación de un poeta victoriano y su amante epistolar. Al hacerlo, se topan con unos amores insólitos para la época que corría y, al mismo tiempo, el ansia por conocer el final de aquella historia se va convirtiendo poco a poco en una obsesión que, cómo no, afectará a sus propias vidas.

La manera de contar esta historia, que parece simple, es un elegante tributo a la poesía victoriana, que la autora hace revivir contraponiéndola a la novela de acción, por la que se mueve a ratos el ritmo narrativo. Documentos (diarios, cartas) que nosotros leemos junto con los investigadores se alternan con episodios del pasado, mediante los que, desde nuestra cómoda posición de lectores, logramos atisbar esos recovecos de lo que ya fue, que los protagonistas se desesperan por desentrañar mediante los poquitos recursos de que disponen. Al hacerlo -y aquí reside, a mi modo de ver, uno de los más valiosos posos que deja la novela-, la autora nos muestra la fragilidad del pasado, la imposibilidad de resucitar acontecimientos enterrados, lo atrozmente estrecho que es ese margen que el individuo le roba a la eternidad.

A.S. Byatt explora, además, en Posesión otros temas: el misticismo del amor surgido de la afinidad intelectual, el papel de la casualidad en el destino o el ansia de dejar constancia, de dejar un legado a la posteridad que sancione nuestro paso por el mundo. Para muchos, en definitiva, la razón última de la necesidad de escribir.

Un dato sobre la autora que, según el lector, será rasgo de honor o de infamia: A.S. Byatt es la única mujer que forma parte de la nobleza del Reino de Redonda.

 

Elena, Senta

 

 

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Posesión,  A.S.Byatt

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Termino ahora mismo de leer La casa de papel, de Carlos María Domínguez. Es una novela corta que se lee en apenas dos horas, pero que me ha resultado encantadora, como creo que le resultará a cualquiera que ame a los libros (como lector y por lo que estos representan como objetos). Es uno de esos libros sobre libros a los que es difícil resistirse. El autor (para aquellos que no lo conozcan) es un argentino que reside desde hace más de quince años en Montevideo. La novela está escrita con una prosa sencilla, con cierta poesía justa… Bueno, lo recomiendo y, como a mí me bastó para caer rendido leerlos, trascribo los primeros párrafos:

 

«En la primavera de 1998, Bluma Lennon compró en una librería del Soho un viejo ejemplar de los Poemas de Emily Dickinson, y al llegar al segundo poema, sobre la primera bocacalle, la atropelló un automóvil.

Los libros cambian el destino de las personas. Unos leyeron El tigre de Malasia y se convirtieron en profesores de literatura en remotas universidades. Siddhartha llevó al hinduismo a decenas de miles de jóvenes, Hemingway los convirtió en deportistas, Dumas trastornó la vida de miles de mujeres y no pocas fueron salvadas del suicidio por manuales de cocina. Bluma fue su víctima.

Pero no la única. El viejo profesor de lenguas antiguas, Leonard Word, quedó hemipléjico al recibir cinco tomos de la Enciclopedia Británica en la cabeza, desprendidos de un estante de su biblioteca; mi amigo Richard se quebró una pierna al intentar llegar hasta ¡Absalón. Absalón!, de William Faulkner, mal ubicado en un estante que lo llevó a caer de la escalera. Otro amigo de Buenos Aires enfermó de tuberculosis en los sótanos de un archivo público y conocí a un perro chileno que murió indigestado con Los hermanos Karamazov, después de devorar sus páginas en una tarde de furia.

Cada vez que mi abuela me veía leer en la cama, solía decirme: “Dejá eso, que los libros son peligrosos”. Durante años creí en su ignorancia pero el tiempo demostró la sensatez de mi abuela alemana.»

 

Que lo disfrutéis,

Jotajota

 

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La casa de papel, Carlos María Domínguez

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La voz dormida, de Dulce Chacón, es una novela, ¿una más?, sobre la (pos)guerra.

Esencialmente sobre las mujeres rojas condenadas y encerradas en la cárcel madrileña de Las Ventas. O sea, no sé si eso tiene una significación literaria, una novela sobre mujeres escrita por una mujer.

Y cada mujer lleva a cuestas su propia historia en la que van surgiendo las obligadas referencias: Paracuellos, la espera de los barcos en Alicante, Guadalajara o Teruel, los maquis, las rivalidades socialo-comunistas... como telón de fondo más o menos presente, más bien menos.

 A ratos instructiva por su valor documental (hay que reconocerle ese mérito) a ratos conmovedora, quiero decir los personajes, las situaciones, a veces medio aburrida y a veces un poco embrollada con tanto personaje. Es decir que no mantiene una tensión o un nivel narrativo durante las más de 350 páginas.

Lo mejor en mi opinión los personajes femeninos y la historia dentro de la cárcel. El ambiente de posguerra, miserable y mezquino.

La guerra o la imposibilidad del amor. Son mujeres que luchan para recuperar la libertad y el amor porque no conciben la una sin el otro. La dignidad no. Porque la dignidad no la pierden nunca ni aún en las circunstancias más terribles.

Un ritmo muy lento en la narración y en los diálogos como para reflejar la fatiga y el desaliento de los personajes. Diálogos cortos y descripciones repetitivas: cosas como estas:

 

Elvirita le dice que se ha puesto mala:

—Me he puesto mala.

 

Y en trascurso de la misma escena, del mismo relato la utilización sucesiva del pasado del presente narrativo y del  futuro... éste último como si los personajes estuvieran cumpliendo su destino, andando el camino que la vida les ha señalado y del que no podrán salir. Una especie de viacrucis obligado

Novela maniquea, claro. Las rojatas son personajes llenos de humanidad y generosidad, combativas, y admirables. Las celadoras, las monjas y los obispos y los falangistas son de una maldad y de una crueldad inconmensurables.

No lo digo como una crítica. Siempre ha sido así ¿no? La literatura siempre ha creado héroes, aunque esta vez los héroes sean los perdedores. Y el lector necesita conmoverse, identificarse, indignarse...

AMOR Y NO GUERRA (IREA ¿NO HABRÍA UN EMOTICOITOIDEO PARA EL PUÑO EN ALTO?)

Eduardo

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La voz dormida, Dulce Chacón

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El último libro que he leído ha sido Seda, de Alessandro Baricco. Es un libro corto, y lo es en la medida de sesenta y cinco páginas escritas por una sola cara y muchas de ellas sólo con un párrafo de diez o doce renglones. Eso nos da una idea de que si la historia engancha, que sí lo hace, se lee en una tarde tranquila.

Corre el año 1861, una epidemia está matando todos los huevos de los gusanos de seda europeos, africanos y parte de los asiáticos. En un pueblo Europeo que acaba de descubrir los beneficios de tal empresa, sus habitantes se ven con el agua al cuello si no le buscan remedio. Entonces, un hombre se marcha a Japón a comprar una partida. En la isla, aislada, infranqueable a los extranjeros (ténganse en cuenta que todavía no había llegado Ton Croise a unirse a los samuráis en su lucha), las larvas están limpias de virus y por lo tanto son muy codiciadas. El libro básicamente cuenta la vida de un ese hombre que debe viajar a ese país extraño y en el cual conoce a una joven. En realidad no la conoce, no habla con ella ni tampoco la llega a mirar del todo, simplemente la observa de soslayo un segundo. Pero, claro, en el amor un segundo es una eternidad. Realiza varios viajes más durante su vida y cada vez le pasan cosas más extrañas y cada vez se enamora más de esa esquiva mujer. Mientras su esposa espera su regreso. Al final no puede volver a la isla (es en ese momento cuando llega Ton Croise y se forman las revueltas, el país está en guerra) y vive una lenta y monótona vida. Y cuando cree que la ilusión se había muerto recibe una carta escrita en japonés y del Japón, ¡ni más ni menos! Vuelve a ser feliz con el hecho de pensar lo que pudo haber sido. Y entonces pasan algunas cosas que no se pueden contar para no estropear nada. Lo pueden leer con tranquilidad. Parece repetitivo, en algunos momentos da la sensación de estar leyendo dos veces lo mismo pero no es así. Al estar escrito de esa forma te da realmente la sensación de lo monótona que es la vida de este hombre y que el simple amor platónico con una fantasma le da otro sentido a su vida.

Libro recomendado para gente sensible que ve la belleza que hay en un pétalo y para los que no lo vean, para que empiecen.

Mejuto

 

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Seda, Alessandro Baricco

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Atrapado en una de mis obsesiones, me he surtido de una nueva remesa de libros en los que Venecia es tema o escenario. Adoro esta ciudad y, por extensión, todo lo que tiene que ver con ella, y cuando rindes pleitesía a tus fetiches lo natural es proferir halagos, inmerecidos o no.   

El placer del viajero, libro de Ian Mcewan (yo lo he leído en una edición de bolsillo de Anagrama), es una novela corta, con una Venecia inquietante, casi tanto como la propia historia. Una pareja de viejos amantes (ya casi más amigos que amantes) pasan unos días de verano en la  ciudad de los canales. Como suele ocurrirle a la mayoría de sus visitantes, se extravían en forma constante, soportan con estoicismo las aglomeraciones durante la mañana, dormitan durante la calurosa tarde y, al caer el sol, vagan en busca de un restaurante adecuado y discuten como un viejo matrimonio según el reloj se aproxima a las nueve de la noche; en Venecia es casi imposible cenar en parte alguna después de esa hora… No contaré más.

Si alguien opina que hay conductas increíbles, (tanto que nos cuestionamos como es que pueden inquietarnos cuando las leemos en un libro), esta novela es un buen ejemplo (que llega más allá de ver cómo alguien deja que otro hurgue con descaro en sus pertenencias, en su intimidad cotidiana), una maravillosa muestra de la insólita capacidad humana de soportar la desvergüenza ajena.

Lo recomiendo sin reservas, aunque no sepa decir si todo lo que he apreciado en su prosa es mérito del autor o de la traducción.

  Jotajota

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El placer del viajero, Ian Mcewan

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